La celebración de la muerte constituye una de las tradiciones más profundas, arraigadas y dinámicas de la vida comunitaria en México. El ritual ceremonial del Día de Muertos se ha conformado a través de los siglos con aportaciones tanto indígenas, como del catolicismo, así como del medio rural y de grupos urbanos. A pesar de ser muy diferentes las formas y los elementos de celebración en cada región cultural, todas tienen en común la visión de los antiguos pobladores de México, que al celebrar o recordar a los muertos prevalece el contacto con la tierra y con lo sagrado; son celebraciones tan íntimas como comunitarias donde la cocina tradicional, las danzas, los cantos y los rezos en la lengua de los ancestros son el eje fundamental. Para las comunidades indígenas, estas fiestas están también asociadas al ciclo agrícola, por lo que su importancia no se reduce a la manifestación festiva, sino que organiza la actividad económica y social de los pueblos y comunidades. En algunas regiones, la fiesta inicia con los rituales de preparación de la milpa, de siembra de flores y se va extendiendo a lo largo de los meses del verano preparando los materiales que se utilizan en la confección de los altares domésticos. El calendario festivo inicia con la apertura del inframundo, desde el mes de febrero o marzo con los carnavales; continúa con la apertura de la tierra en el día de San Juan, para posteriormente dar paso a la llegada de los difuntos desde el 29 de septiembre, día del Arcángel San Miguel, hasta las festividades de Todos Santos. Cada festividad tiene procesos y encargados distintos, así como elementos simbólicos que se relacionan con los sistemas de cargo y los santos de cada localidad.